Outer Wilds, el hogar en el espacio

Todos y cada uno de los juegos que analicé en el pasado me encantaban y habían llegado a tocar alguna fibra sensible dentro mío. Pero solamente Hollow Knight me había marcado profundamente hasta llegar a considerarlo uno de mis videojuegos favoritos de siempre. Pero esta última semana he tenido el placer de jugar a otro título que se ha posicionado tan alto como el pequeño bichito guerrero y que, sobre todo, se ha ganado mi corazón.

Pero me resulta tremendamente difícil hablar de Outer Wilds.

Porque la mejor forma de experimentar este título es sabiendo lo menos posible sobre él. Así que me voy a limitar en la información que se puede extraer a través de su tráiler, su descripción en tiendas online y algunas pinceladas vagas sobre elementos sueltos. ¡Prometo cero spoilers!

Outer Wilds es un juego de aventura y exploración desarrollado por el pequeño estudio indie Mobius. Nació como varios proyectos de universidad de Alex Beachum, hace ya más de siete años, y no fue hasta más tarde cuando encajaron todas esas ideas individuales, como pequeñas piezas de un puzle estelar, hasta conseguir el juego que conocemos.

Aun así, la idea principal fue una respuesta a dos videojuegos de la misma saga: The Legend of Zelda. Por una parte, la semilla de lo que sería el pilar que es la exploración la plantó una misión secundaria de Wind Waker. En ella se motiva a Link a recorrer la isla en búsqueda de fotografiar exactamente lo que describe un NPC. Sin un marcador de dónde está, ni una flecha que nos guíe. Y justo esa filosofía es la que sigue Outer Wilds.

Por otra parte, también es una respuesta a la decepción que resultó Skyward Sword para Alex Beachum. Tanto como por lo guiado que se sintió, como por las partes aéreas desaprovechadas y frustrantes. No he tenido ocasión de jugar a este último, pero sin duda consiguió su propósito haciendo algo totalmente contrario.

Y sí, quedó muy contento con la libertad de Breath of the Wild.

Así que… ¿de qué va Outer Wilds? Pues de lo poco que os quiero decir, es que tenemos un juego totalmente centrado en la exploración y en el aprendizaje. Siendo el nuevo integrante de Outer Wilds Ventures, el programa espacial de nuestro pequeño planeta natal Lumbre, debemos hacernos con el control de nuestra nave para salir ahí fuera y explorar el extraño sistema solar en el que nos encontramos. No solo por el diseño y propiedades de sus distintos planetas, sino porque como descubrimos nada más empezar el juego, estamos atrapados en un bucle temporal.

Cada 22 minutos ocurre cierto desastre natural en el que fallecemos y nuestra consciencia se traslada al principio del bucle. Así que, en esos escasos minutos debemos aprender y desentrañar todos los misterios que podamos antes de volver atrás en el tiempo, ¡por suerte conservamos todo lo aprendido! Cosa que, si lo pensáis detenidamente, puede llegar a convertirse en una tortura. No solo por vivir eternamente los mismos 22 minutos, sino también por morir. Y morir. Y morir. Y recordar todas y cada una de esas veces que has fallecido.

Nunca un videojuego había sido tan bien definido por su género y temática. Cada ciclo de vida de nuestro alienígena es una pequeña aventura que hace que te sientas como un verdadero explorador. Por mucho que los planetas sean pequeñitos, casi como juguetes, están llenos de piezas de información que componen un puzle espacial. Es casi como se tratase de un metroidvania de «conocimiento», donde todo el mapa está a nuestra disposición desde el principio, y nuestras únicas limitaciones para avanzar no son que nos falte un artilugio o power-up, sino el saber. Por eso este juego resulta tan satisfactorio.

Y es que la forma en la que está repartida la información entre los planetas, para mí, roza la perfección. No es un juego lineal, de ir primero a X planeta, y luego al siguiente más cercano respecto a su órbita. En mi propia experiencia, pasaron unas diez horas hasta que decidí volver a mi planeta natal a explorar los exteriores de la villa donde comienzas tu aventura. Y ahí encontré conocimiento que me llevó a explorar un planeta lejano, que me enlazó con otros planetas y puzles. Quizá suena un poco confuso, y lo sería si no dispusiéramos de un archivo en nuestra nave que almacena toda la información —o como lo llama el propio juego, «rumores»—. Esa interfaz resulta en una ayuda tremenda, pues nos hace una especie de mapa mental de los descubrimientos y los enlaza entre sí.

Pero todo este sistema de navegación y exploración tan satisfactorio no se sostendría por sí mismo si no estuviese apoyado por un pilar tan importante como es la historia. ¿Sinceramente? No me esperaba mucho en ese sentido. Puede que esté mal acostumbrado a las mismas tramas de ciencia ficción repetidas hasta la saciedad. Sin embargo y, de nuevo, sin querer destripar nada, me he encontrado con todo lo contrario. Personajes sencillos, pero sorprendentemente carismáticos para la forma en la que están introducidos, conceptos astronómicos y físicos que se sienten frescos y originales, y una historia que no revuelve alrededor de la violencia… sino en la amabilidad y la búsqueda inocua de conocimiento.

Arte


El aspecto gráfico de Outer Wilds puede parecer lo más normalito de todo el juego, y sinceramente, en un primer vistazo no destaca sobre demás títulos de la misma temática. Pero es al llevar un buen rato jugando cuando empiezas a apreciar su estilo.

La intención del juego no es la de impresionarte con efectos vistosos ni de tener unos escenarios bellísimos —aunque lo pueda hacer—. Lo que Outer Wilds quiere es hacerte sentir acogido. Seguro ante los peligros. Porque el universo ya es lo suficiente hostil.

Por ello, lo primero que hacemos es despertar al lado de una cálida hoguera donde asar unos deliciosos malvaviscos mientras conversamos con nuestro vecino. También nuestra nave destartalada está construida en su gran mayoría de madera, que proporciona un ambiente cercano cuando estemos en medio del vacío, como si nunca hubiésemos abandonado el hogar. Y si encontramos a otros miembros de Outer Wilds Ventures, estarán tocando una preciosa melodía relajados delante de una fogata. Juega un papel muy interesante respecto al límite de 22 minutos. ¿Cómo pueden estar tan tranquilos si de un momento a otro van a morir? Pero, ah… ¿qué más da? Si el tiempo se va a reiniciar. Mejor sentarse, tomar algo y meditar mientras todo arde a tu alrededor…

Ayuda a la ambientación general que los planetas estén mayormente inspirados en parques naturales. Yellowstone, el Parque nacional de las Secuoyas, partes de Islandia… Son entornos supuestamente vírgenes que juegan un doble papel. Por una parte, nos son conocidos y cercanos, pero por otra, fomenta el sentido de la exploración. ¡Un lugar donde ningún lumbreano ha estado! Por supuesto, toca investigarlo a fondo.

Se nota, y mucho, que los planetas han sido creados totalmente a mano. Cada desnivel, cada ruina, cada piedra, está colocada expresamente por los artistas de Outer Wilds para conseguir que la experiencia sea satisfactoria. Respecto a ello podríamos decir que es un juego diametralmente opuesto a No Man’s Sky, donde hay miles de millones de planetas generados aleatoriamente, incluso las mismas criaturas que los habitan. No es nada negativo, por supuesto. ¡Al contrario! Es curioso cómo se pueden crear dos formas de exploración tan distintas e igualmente efectivas.

Pero dejemos No Man’s Sky para otro artículo.

Cómo no, la música juega un papel importantísimo para ayudar a transmitirnos esa calidez de la que hablo. Si la escucháis —que deberíais—, veréis que es muy calmada, con instrumentos naturales y alejados de lo electrónico —aunque también los haya en momentos puntuales—. Sinceramente, es extrañamente reconfortante estar en medio de la inmensidad del espacio y captar una señal de radio donde simplemente suena un silbido o un banjo.

Aparte de la banda sonora en sí, existe un sutil pero excelente trabajo con el sonido. Dado la ausencia de minimapa, pistas o títulos al entrar en una nueva zona del juego, es un ligero toque musical el que indica cuándo hemos tropezado con algo importante. Apenas se nota, pero está ahí.

Sensaciones finales


Outer Wilds me ha cautivado. Jamás olvidaré una de mis primeras partidas donde visité Hondonada Frágil. Por fuera, era precioso a la vez que enigmático. La corteza daba la sensación de ser un planeta helado con formaciones geológicas fragmentadas y grandes agujeros que daban a un abismo. Mi instinto de supervivencia hizo que me alejase de los bordes y me dedicase a explorar las ruinas de la superficie. Al final acabé por mirar todo lo que se veía por la zona y decidí asomarme a uno de esos huecos enormes. Y entonces descubrí el agujero negro que reside en su centro. Como si fuese un planeta sacado de las teorías de la tierra hueca, su interior está poblado de estructuras, ruinas antiguas que contrastando con el agujero negro del fondo resultaba escalofriante. Además, este planeta tiene otra particularidad. Cada pocos segundos, cae un meteorito proveniente de su luna, el Faro. Estos bólidos impactan contra la superficie, la fragmentan y hacen que trozos de la corteza se precipiten contra ese pozo de infinita gravedad. Asustado por no morir aplastado por una de esas piedras espaciales incandescentes, salté a la ciudad interior, pero no llegué a aterrizar en un puente y caí al agujero negro…

Esta es solo una pequeñísima porción de las aventuras que puedes vivir en el juego, motivadas por la naturaleza exótica de sus planetas. Si vivir todo eso me llevó menos de 20 minutos, imaginaos las situaciones emocionantes que pueden darse en las 10 o 15 horas que puedes tardar en llegar al final.

Por ello, Outer Wilds no es para todo el mundo. Requiere de tu total atención hacia los hechos que te rodean y presencias, y os puedo asegurar que descifrar algunos de los misterios no son nada fáciles. Pero si estáis dispuestos a enfrentaros a esos desafíos, estoy seguro de que no defraudará.

¡Que el viento sople a vuestro favor!

  • Amante de todas las dimensiones, pero especialmente de la tercera. Hago imágenes que se mueven llamadas vídeos y escribo sobre lo que más me ilusiona.

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