Impresiones: Yuri!!! on Ice #1, un culo para conquistarlos a todos ¡No es nada, es un pirozhki! La final del Gran Premio de las lágrimas

Impresiones: Yuri!!! on Ice #1, un culo para conquistarlos a todos ¡No es nada, es un pirozhki! La final del Gran Premio de las lágrimas

La temporada de otoño de 2016 nos trajo Yuri!!! on Ice (YoI para los amigos), que sin duda fue un anime revolucionario. Con revolucionario me refiero a que revolucionó hormonas por doquier, porque el género al que pertenece —el spokon sigue un poco igual hasta donde una humilde servidora sabe. Han pasado dos años desde el inicio de la emisión de esta serie y parece que las turbulentas aguas del fandom se han calmado lo suficiente como para que pueda verlo en paz… Así que, ¡a ello voy!

Por si alguien vive bajo una piedra y no sabe de qué va el tema, YoI cuenta la historia de Yuuri Katsuki, un patinador profesional que sueña, como todos, con ser campeón del mundo en su disciplina. El caso es que lo tiene más bien difícil pero pasan cosas y se hace con un nuevo entrenador que le hará tener probabilidades reales de cumplir su sueño.

Si mal no recuerdo, en un principio se vendió YoI como un spokon que trataría con seriedad el mundo del patinaje sobre hielo y no caería en el fanservice. Tenemos una docena de episodios para comprobar si los creadores fueron fieles a sus palabras o si al final los patinadores se deslizaban sobre las babas y otros líquidos corporales de los y las fans.

El anime empieza con una breve escena en la que un chaval de pelo plateado baila sobre el hielo mientras Yuuri le observa emocionado. En ambos personajes se ve reflejado el paso del tiempo de forma muy clara y se entiende que ese hombre inspiró —y, de hecho, sigue inspirando— al protagonista a la hora de patinar. Por muy fugaz que sea, es capaz de transmitir a la perfección cómo un buen patinador (o un artista, en general) debe ser capaz de llegar a su público.

A continuación, comienza la historia propiamente dicha. El anime nos lleva a Sochi para ser testigos de la final del Gran Premio de Rusia. Tenemos a Viktor Nikiforov, que a sus 27 años parece ser el indiscutible puto amo y señor del hielo, celebrando su enésima medalla de oro. Mientras el ruso disfruta del aplauso del público, Yuuri lee noticias sobre su actuación que le valió un nada despreciable… último puesto. Y es que el chaval era una bolita de ansiedad porque pasaron cosas, ganó peso y su perro murió… Y así no hay quien lo dé todo. Aunque bueno, lo dice muy de pasada así que tampoco tengo claro si le importaba mucho.

Las redes sociales son crueles —¡sorpresa!— y ya teorizan acerca de una posible retirada del japonés, pero todos sabemos que eso no es cierto porque es el prota del anime y si dejara el patinaje esto no se llamaría Yuri!!! on Ice. Si eso se llamaría «Viktor!!! Petándolo» o «Yuri!!! en su Casita». Un buen título alternativo podría ser «Yuri!!! Lloriqueando en un Baño», aunque esto es pasajero porque aparece un chaval rubio así como ruso —aunque no parece de la misma especie que Putin— y patea con furia la puerta de ese cubículo… por joder, porque el resto estaban libres.

El rubito en cuestión no es otro que Yuri Plisetsky, campeón de la categoría junior y adolescente con mucho angst acumulado y ganas de joder. El chaval se encara al japonés, que es como un pringado de campeonato, y le dice que es idiota y que debería retirarse porque el año siguiente asciende de categoría y no hay sitio para dos Yuris. Inciso: para no confundirnos, el japonés será Yuuri y el ruso será Yuri. Dicho esto, se larga y el otro se queda temblando en plan «¿C’ha pasao?» incapaz de comprender cómo un canijo que mide media cabeza menos que él le ha dado tal paliza verbal. Aunque, siendo sinceros, la peor parte se la llevó la pobre puerta.

Madre mía, qué intensidad en un cuerpecito tan pequeño y paliducho.

Al salir del evento, Yuuri se topa con un periodista nipón un poco fanboy que le anima a seguir con sus sueños y le pide que no se retire. El pobre Yuuri nunca dijo que se retiraría, pero como las redes le han dado por muerto, el periodista está intentando hacerle una RCP emocional así como… con poco éxito. Más que nada porque Yuuri no le hace ni puñetero caso: está mirando fijamente a Viktor, que pasaba por ahí y se ha dado cuenta de su presencia.

Senpai noticeó a Yuuri… pero no le reconoció, pensó que era un fan —no llega a ser falso— y le ofreció una foto.

Yuuri se siente humillado porque su ídolo no se dio cuenta de que él es un competidor y… da media vuelta y se va sin decir nada. Porque Yuuri, por lo que se ve, es más bien callado. Eso o le da palo hablar con los rusos en general, porque con este ya van dos de dos.

Como el equipo de animadores no quiere pasarse el primer episodio dibujando al protagonista llorando non stop, recurren al manido salto temporal. Ha pasado como un año desde la desastrosa final de Sochi, y Yuuri regresa a Japón (por lo visto estudiaba en el extranjero, en Detroit) tras cinco años sin pisar su hogar, el pueblecito de Hasetsu. En la estación se encuentra algo así como un altarcito de apoyo al patinador local (sí, Yuuri) hecho a base de posters de… sus tiempos mejores como patinador, digamos. Está irreconocible, pero si pone que es él, ¿quién soy yo para desconfiar?

Yuuri nos explica —técnicamente se lo explica a sus fans del pueblo, pero en el fondo nosotros merecemos la explicación más que aquellos que le animan solo por haber nacido en el mismo trozo de tierra que ellos— que encadenó derrota tras derrota por la depresión que pilló en Sochi y que, como no logró clasificarse en ningún torneo, su temporada acabó más bien pronto. Acabó sus estudios, dejó a su entrenador y, como no sabía qué hacer con sus triste vida, decidió volver a casita.

En la estación se encuentra con Minako, su instructora de ballet y un verdadero torbellino. Esa señora es pura energía. Mientras Yuuri se deprime de nuevo porque patata, Viktor sale en las noticias porque ha vuelto a ganar. Esta vez el campeonato mundial. Maldito acaparador… No sé cómo no ha tenido un desafortunado accidente. Los competidores tienen que estar deseando que se retire, digo yo.

Volviendo con el protagonista, nada más llegar a Yu-topia (el onsen de la familia Katsuki) Minako le arranca el abrigo a su ex-alumno y descubre que ha engordado. Pero a base de bien. Se ve que es de los que comen cuando se deprimen… Cosa que no es aceptable para un deportista, detalle que Minako grita para que todo Dios oiga.

Las cosas se ponen tristonas cuando Yuuri visita el altar de su mascota Vicchan. Tristes por el bajón que ha pegado la animación, no por lo del pobre perro (en paz descanse). Parece que el presupuesto se limitó a los primeros ocho minutos y al opening. Es aquí, frente al altar de Vicchan, donde conocemos a Mari, la hermana de baja calidad de Yuuri, que le dice que le apoyará tome la decisión que tome. Pero, claro, para eso debe tomar una decisión y el prota no parece muy por la labor.

O eso parece porque, tras ver a su ídolo en la televisión, decide salir en medio de la noche a entrenar. La pista de hielo ya ha cerrado —como le comunica la dueña, una tal Yuko— pero a él le da un poco igual porque tiene enchufe. Vamos, que fue compañero de pista de la susodicha y ésta le deja entrenar cuanto y cuando quiera porque le tiene cariño y porque solían fangirlear juntos sobre Viktor.

Se suceden una serie de flashbacks en los que aprendemos que Viktor de joven tenía el pelo largo (bueno, se vio en la intro, pero se confirma que es 100% real no fake) y que Yuuri se compró su perro para imitar al ruso, que tenía uno igualito. Hasta lo llamó Vicchan (diminutivo de Viktor). El caso es que nos enseñan esto para mostrarnos cómo Yuko le apoyó desde el principio y siempre le animó para llegar a competir contra él… Cosa que acabó por cumplir, solo que causó tan poca impresión en su ídolo que éste al salir le confundió con un fan.

Pringao.

Mientras el ruso lo peta en una competición (otra vez, sí), Yuuri le muestra a Yuko un programa que ha estado practicando desde que su temporada se fue al garete. Para ser precisos, es el programa con el que Viktor está compitiendo… Así que podemos ver ambas actuaciones solapándose.

Los animadores lo dan todo con las partes de Viktor, mientras que las de Yuuri tienen momentos en los que dan ganas de acabar con el sufrimiento del japonés. Es evidente que se trata de un recurso artístico que busca la comparación entre la calidad de la actuación del ruso y la de Yuuri, que no deja de ser una copia a la que se le ha bajado de nivel ya que éste último no sabe hacer los cuádruples que el otro podría hacer hasta dormido.

Eso o es cierto eso de que se les acabó el presupuesto y decidieron echar el resto con Viktor porque todo el mundo tiene preferencias y el equipo de animación no puede ser menos.

Retiro lo dicho: la animación del final de Viktor es derp como la vida misma. Los animadores de YoI son gente justa y equitativa.

Yuko se emociona con la actuación de su amigo y se alegra porque ve que no está tan deprimido como parecía. Yuuri explica que decidió imitar a Viktor como hacían cuando eran críos para volver a emocionarse por el patinaje. Como veíamos al inicio, Viktor Nikiforov fue la razón por la cual Yuuri se interesó por dicho deporte y sigue siendo su fuente de inspiración a día de hoy.

Pero como este momento cuco tiene que llegar a un abrupto final, el equipo de YoI decide presentarnos al resto de la familia de Yuko: sus hijas trillizas Axel, Loop y Lutz —No, no es amor, lo que Yuko siente por el patinaje se llama obsesión— y su marido Takeshi Nishigori. Los pequeños gremlins son tres bolitas hiperactivas con el tacto en el culo que acribillan a Yuuri con comentarios desafortunados hasta que el tal Takeshi, que solía hacer bullying al prota cuando eran peques, les detiene y le recuerda a Yuuri que puede contar con los Nishigori para lo que sea.

Qué familia más encantadora.

Tan encantadora como que las crías suben un vídeo de Yuuri haciendo el conocido programa de Viktor a Youtube y se hace viral. Y Yuuri solo se entera cuando Takeshi le llama para disculparse y quiere que la tierra —o los posters de Viktor que cubren las paredes de su habitación— le traguen vivo para no tener que soportar la presión mediática.

¿Sabéis quién ve el vídeo así como con una música muy dramática de fondo?

Sí, Viktor Nikiforov.

No, no hay premio para quienes lo hayan adivinado porque era muy evidente y esto ya tiene un año. Mérito cero.

Como me estoy extendiendo, vamos a lo interesante: un día, Yuuri entra al onsen, le derriba un caniche que es como la versión titán de su fallecido Vicchan y descubre que su dueño es un atractivo extranjero —palabras del padre— que ha decidido hospedarse en el lugar.

Yuuri ata cabos, sale pitando a buscar al susodicho y se encuentra a Viktor Nikiforov en toda su gloriosa desnudez disfrutando del onsen.

Aquí es cuando el anime nos regala un primer plano perfecto del culo de Viktor y el fandom decidió que Yuri!!! on Ice era merecedor del premio a la mejor animación de Crunchyroll de la temporada de invierno de 2017.

Y, bueno, Viktor hace gestos como muy dramáticos, anuncia que será su nuevo entrenador, guiña porque se le metió un poco de calidad HD en el ojo y Yuuri lo flipa y no sabe dónde meterse.

Debo decir, que no está del todo mal para ser un primer capítulo. Tiene sus cosillas buenas, y malas, como todo. Por un lado, es refrescante encontrar un spokon ambientado en competiciones profesionales y no en el instituto. No sé, por variar y esas cosas. Los protagonistas pasan de ser adolescentes con hormonas disparadas—aunque más de una fan está un poco del palo— a hombres jóvenes más o menos independientes de más de veinte años. Viktor, de hecho, está a tiro de piedra de la treintena.

Un puntazo que tiene este anime es la banda sonora: el opening, el ending y la música de la actuación han sido espectaculares. Por otro lado, si bien la animación es maravillosa en ciertas partes, da bajones preocupantes para tratarse del inicio del anime.

Yéndonos a lo negativo, diría que se han dado muchas prisas y desaprovechan muchas oportunidades para dar profundidad a los personajes. Yuuri comenta así de pasada y en tono de humor que se le murió el perro, se deprimió y echó a perder un año de su vida como deportista. Esos temas son serios, no como para que te los cuente un chibi a cien por hora… Podrían haberle quitado medio minuto a Viktor chupando cámara —en serio, ¿es una presencia constante en las televisiones japonesas o es solo fanboyeo de la familia Katsuki?— para explicar bien el asunto.

En todo caso, esto no es más que el principio. Habrá que estar atentos a los siguientes episodios para ver cómo avanza el tema… y así descubriremos por qué Viktor ha decidido dejarlo todo —menos a su mascota— para ir a entrenar a un rival que estaba al borde del abismo. Lo que está claro es que suda billetes de los grandes porque los billetes de avión al país del sol naciente no son baratos. Ni la estancia. Ni la comida. Ni nada.

¡Nos leemos en el siguiente capítulo!

Escribo tonterías breves y hago reseñas todavía más breves. De vez en cuando se me cuelan algunos análisis de videojuegos que, sorprendentemente, no son tan breves.

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