Análisis de worldbuilding: Final Fantasy X o cómo hacer las cosas bien

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El juego Final Fantasy X salió a la venta en 2001 en Japón, llegando a Europa al año siguiente, y el primero de la saga en salir para PlayStation 2. Fue, además, el que marcó un antes y un después en el campo del desarrollo de videojuegos al presentar escenarios completamente tridimensionales, dotar a los personajes de una gran variedad de expresiones faciales realistas y otros logros tecnológicos, como el uso de luces y sombras. Su historia fue muy bien recibida por las críticas, y sus personajes se han ganado el corazón del público, pero ha sido el worldbuilding —que en general suele pasar desapercibido—, lo que se lleva la palma de esta entrega.

La trama, dentro de lo que cabe, es sencilla. El protagonista es Tidus, un joven y prometedor jugador de blitzbol (una especie de fútbol subacuático) de la ciudad de Zanarkand que un día, durante un partido muy esperado, ve cómo su ciudad es atacada de imprevisto por un enorme monstruo llamado Sinh. Su aparición se suma a la de Auron, un hombre misterioso que fue amigo del padre de Tidus, Jecht, que ayuda al chico a escapar a través del propio monstruo.

Aviso: Este artículo no contiene spoilers de la trama ni del final, pero sí del carácter general de la historia.

Tidus despierta solo en el mundo de Spira, donde le cuentan que Zanarkand fue destruida por Sinh hace mil años. En la isla de Besaid conocerá a la invocadora Yuna y a sus guardianes, a los cuales acompañará en un peregrinaje sagrado que debe culminar con la derrota de Sinh y, con suerte para Tidus, el retorno a su ciudad… y a su tiempo.

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